31 ago 2008

Nunca hablo de cine.

Nunca hablo de cine acá, me di cuenta. Voy a agregar al blog una lista de mis películas preferidas. Y, si me atrevo, voy a hacer alguna reseña con la humildad de un aficionado, con inocencia de público.
Soy adicto al buen cine pero no crítico. Si algo conmueve, llama, inspira, de una película, debe ser suficiente, tanto para mí como para su director ¿No?
Me gusta algo del cine yanqui independiente, mucho del europeo, poco del oriental, dos o tres películas del cine argentino y de vez en cuando alguna joyita de otros países del mundo. En un rato la sigo.

Mrs. Palfrey at the Claremont.



"Una amistad que no conoce de edades".

Ser digno.

Acabo de ver una película: “Mrs Palfrey at the Claremont”. Trata acerca de la amistad entre un artista joven y "Una dama digna", título del film en castellano.
Lloré. Porque habla de esas personas tan valiosas, que han luchado para que uno viva, que nos han enseñado para que uno crezca.
Esto que escribo, no es para todos.
Sólo si naciste con la sensibilidad y capacidad de valorar, de escuchar a tus abuelos y a la gente mayor, vas a poder entenderme.
Yo soy muy afortunado. Tengo a mi abuela materna, mi amiga, una mujer sabia y luchadora como nadie, con proyectos productivos y con cien veces más energía y voluntad que yo.
Tuve a mi abuelo, mi amigo, un adelantado para su tiempo, con una capacidad de trabajo, de invención y comprensión práctica de la vida sin iguales.
Tuve a mi abuela paterna, también mi amiga, maestra rural, noble y valiente. Ella me regaló mi primer libro y despertó mi pasión por la lectura y la escritura.
A sus historias, guardadas en mí, recurro cuando me siento sólo, confundido, en busca de paz y orientación. Y en sus voces hallo el sosiego para retomar mi camino.
Hoy la mayoría de los jóvenes parece no tener historia, no venir de nadie, sin identidad. Son re in, pro, neo, top, vip, gods, pero no saben ni cambiar un foco. Transitan sin concepciones profundas, ni fuerza para producir cambios o grandes ideales.
El pasado no fue mejor, al contrario, fue muy rudo y había verdadera necesidad. No idealizo a nadie. Tenían sus defectos. Pero han hecho de sus nombres una marca registrada, han dejado huellas imborrables.
Le damos bola a nuestros grupos de pares, que no saben una mierda de la vida, cuando necesitamos tomar un decisión, en vez de acudir a nuestros mayores. Ellos tienen el conocimiento y la experiencia.
Me afectó mucho ver esa película, tal vez, porque obró como detonante.
No veo a mi abuela desde hace meses, la extraño y tengo ganas de estar con ella, de viajar a visitarla, en vez de estar acá, sólo, escribiendo, con dolor de cabeza, a la madrugada.

Un día de domingo.

Todos los domingos voy a almorzar a mi parrilla preferida, con alguien de mi familia, sobretodo con mi padre. “Somos como de la casa”. A la gente de ciudad le encanta ser reconocida cuando va algún lugar a comer. Ayuda a tolerar el anonimato espantoso propio de las grandes urbes.
A mí también me gusta, porque nací en un pueblo chico, en donde todos se conocen. También por los descuentos en vinos o atenciones, fundamentales para un buen bebedor. Perdón. Me voy de tema. Dejemos de lado mis rondas nocturnas por distintas cavas de la noche porteña. Volvamos a la parrilla. Domingo. Mediodía. Heredé de mi viejo el poder de observación.
Si te sentás en cualquier comedero cool o tradicional de Buenos Aires, a observar, aunque estés sólo, es imposible aburrirte.
Buenos Aires es un circo. Estamos todos locos y no lo asumimos.
A ésta parrilla van siempre a comer, por ejemplo, una mujer oriental con su hijo. Mientras ella no para de hablar por celular, el niño recorre todas las mesas haciendo volar dos autitos con sus manos.
Tampoco faltan dos minas gatas, recién amanecidas, a la una de la tarde. Entre las dos devoran una ensaladita de verdes con agua mineral, después de una noche no tan light. Ocultas detrás de enormes anteojos oscuros , pegadas a su ventana observan, como leonas al asecho, a cuanto metrosexual, viejo con guita o auto (caro), pasa. Cuando ven parados en la vereda a un par de tipos bronceados con pinta de billetera generosa, el colágeno y las siliconas se activan, son sensores de movimiento.
También dicen presente, el flaco de pelo sucio con anteojos de milico yanqui y ropa entre rollinga y cheto, con su respectiva novia, también con aspecto de sucia, como si por vestirse casual le salió villera.
También aparecen en escena cuatro señoras paquetas, espléndidas. Entre ellas suman 270 años, comen despacio, toman un par de tintos, ríen , se muestran fotos de los nietos, destripan a sus conocidos ausentes y recuerdan viejas épocas de bailongo y zaguán.
Infaltables también, el matrimonio obeso con sus dos hijas esqueléticas. Los padres piden dos milanesas a la napolitana con fritas. Las nenas en cambio, apenas comparten algo liviano. Tal vez con pánico, inconciente claro, a ser confundidas por sus papis con dos bastoncitos fritos.
Y los amigotes piolas de toda la vida. Pura charla y achura. Todos dejados, panzones, pelados, administrados por sus esposas e hijos y resignados al porno en internet. Pero ahí, entre ellos, son re guachos, la tienen re clara.
Y por supuesto, mi gente y yo; aunque prefiero que nos describa otro. Jeje.
Hacemos lo que podemos con nuestras vidas.
Familias, amigos, turistas, solos, solas, todos allí compartimos ese momento culinario. Tan de domingo, tan argentino. Momento grabado para nadie. Contado a nadie. Ya en el olvido antes de ser recordado. Y sin embargo irrepetible, de todos ellos, mío.

Te prometo.

La promesa es un truco para cubrir verdades. Es esconder el polvo debajo de la alfombra. Cuando hablo de la verdad me refiero a la falta de deseo, de responsabilidad y de interés inmediatos para realizar una acción determinada con o para alguien. Y la salida rápida es prometer, augurar, ofertar, el cumplimiento de ese algo a posteriori. Sobretodo cuando es imposible no hacerlo. Para no ofender a un familiar, a un amigo o pareja. Por amor, fe, perdón, respeto, compromiso, convenio legal, laboral o bancario, etc. Promesas.
¿Cuántas promesas hemos realizado en nuestras vidas? ¿Cuántas hemos cumplido? Vivimos haciendo promesas. Prometo: "volver a buscarte, devolverte ese dinero, hacer ese viaje juntos, estar a tu lado cuando te enfermes, no tomar más, dejar las drogas, prometo ir a ver a mis padres más seguido, prometo arreglar la casa, prometo hacerte el amor mañana, prometo ayudar a los necesitados, amarte toda la vida y serte fiel".
Y encima, muchas veces pedimos algo a cambio si cumplimos con nuestra palabra. Ponemos condiciones. Por ejemplo cuando rezamos: " Si me va bien en el examen prometo pintar los bancos de la iglesia". ¿Creer si sólo si?
Y lo no cumplido nos persigue como una creciente y colosal piedra hecha de vergüenza.
En lo personal, suelo prometer salidas y cenas a mis amigos y conocidos, porque quizás estoy inspirado en ese momento y luego, cuando llega el día de la cita, no quiero saber nada, por paranoia o cansancio, por ermitaño o por tener un programa mejor, cancelo, suspendo, con excusas. No digo la verdad, o sea: "hoy no me interesa verte". Postergo la reunión hasta un día X. A veces nunca se concreta. Y quedo mal con medio mundo.
¿Te sucede algo similar?
Vivimos detrás de máscaras, cubiertos por capas y capas de buenos modales y moderación. Por miedo a la soledad, consecuencia de la sinceridad. ¿Sinceridad?
Nos crían para no saber quienes somos. ¿Cómo podemos entonces, ser sinceros con otros, si no lo somos con nuestra propias esencias?
La seguimos luego, debo avisarle a un conocido que no voy a ir a cenar con él porque hallé petróleo en el sótano de mi casa.
Según la Real Academia Española, entre otras acepciones, la palabra "promesa" significa: "Expresión de la voluntad de dar a alguien o hacer por él algo".

29 ago 2008

¡Qué embole!

Fuente de la foto: http://www.videosydiversion.com
Estoy aburrido. Tengo frío. Extraño demasiado a demasiadas personas. Ya me harté. Tengo ganas de divertirme. Pero quienes gobiernan mi sonrisa están lejos. Me aburre trabajar, ir a la universidad, escribir, leer, conversar con mis amigos,etc. Me aburre imaginarte leyendo esto. Encima el frío. Odio el frío. Y también tengo sueño. Porque me desvelo cuando estoy aburrido. Y tengo hambre. No como bien. Cero frutas. Pura milanesa o pasta. Cuando estoy aburrido, con sueño y frío, tomo café, mucho café. Me hace doler el estómago. Cuando tengo frío se me congelan los pies y me siento afiebrado. Tomo paracetamol hasta eliminar el estado de locura febril y después, para completarla, abro un vino y me sirvo un copón o dos con la cena. Quedo frito. Entonces preparo café para evitar el dolor de cabeza. Por eso después no puedo dormir. Bebo un vaso de leche fría, como un nene y me voy a la cama. Tampoco puedo dormir, esta vez por los gases. Y termino frente al televisor, apresado por los anuncios de venta directa, a las cuatro de la mañana. Aburrido. Con frío. Extrañando demasiado a demasiadas personas.

El Taller.

Todos los jueves asisto a un taller literario para personas ya con práctica en el oficio, con algún libro editado y proyectos para compartir en grupo, ayudándonos a darles forma, con un fin definido: publicar. La idea y dirección está a cargo de la joven y reconocida escritora argentina Florencia Abatte, también periodista y Licenciada en Letras. Autora, entre otros trabajos destacados, de las novelas “El Grito” (2004) y “Magic Resort” (2007).
Allí llevo cada jueves el material de mi nuevo libro: “Conventillo Textual”, para analizarlo, leerlo entre todos y oír sus devoluciones tan valiosas, antes de publicarlo.
Somos cinco: Florencia, María, Juan, ahora se sumó Federico (antes estaba Facundo) y yo.
Para un perro de ciudad el paseo diario es su único momento de libertad. Para mi escritor, el taller. Allí le permito recitar, evocar, corregir, reír, llorar, opinar, beber, entre pares. Así, después de regresarlo agotado a su estuche; puedo domir.